martes, 26 de octubre de 2010

ENSEÑANDO A SER FELICES

Una declaración de principios para empezar: de todo lo que se puede trabajar en la competencia emocional, para mí, lo menos importante, son las posibles unidades didácticas. Es el camino más sencillo, terminar trabajándola como una materia más, y, seguramente, el más inútil. Lo veo venir, rellenar fichas y hacer exámenes. Lo peor de un examen, para la competencia emocional, no es reducir la evaluación a una prueba (completamente engañoso en este caso, aunque eso sí, la solución más cómoda) es poner de nuevo al alumno en situación prefijada de estímulo-respuesta; ¿qué me pregunta el maestro? ¿qué quiere que responda? Jugar al engaño total, sé que me está engañando, quiero dejarme engañar. Lo fundamental es la actitud que cada día establezco ante los alumnos, la relación que mantengo con ellos. Lo fundamental y lo más difícil. Es en el día a día cuando yo puedo abordar toda la inmensa problemática de esta competencia, y es utilizando toda mi persona, preguntándome por mi forma de actuar, por mi forma de ser. En educación la profesionalidad se encuentra intimamente unida a la manera de entender la vida, a la persona que somos. No es posible trabajar en serio la competencia emocional pretendiendo deslindar una y otra cuestión. Formarse en ella es plantearse los interrogantes a fondo, sin reservas, entrando en el terreno del riesgo. No será posible educar en el equilibrio personal si no somos antes nosotros los que estamos equilibrados, como no podemos pretender formar chicos y chicas expresivos si esa expresividad nos falta a nosotros. ¿Cómo andamos de empatía? ¿Cómo de autoestima? ¿Qué capacidad tenemos para resolver los conflictos? ¿Qué comunicamos? Terreno personal en el que, a menudo, no estamos dispuestos a entrar. Si en algún campo son inútiles las recetas sin más, es en éste. Como es verdad que una imagen vale más que mil palabras, empezaré por el mejor ejemplo que he visto en mucho tiempo de todo lo anterior. Toshiro Kanamori, maestro japonés en una escuela pública, una gozada para el espíritu. Tres parámetros esenciales a tener en cuenta: ¿Cuántos interrogantes nos despierta? ¿Cuántos desechamos? ¿Somos felices?


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