jueves, 10 de febrero de 2011

LA MADRE TIGRE



Recientemente he visto publicado un artículo titulado “¡Cuidado! La 'madre tigre' devora a sus hijos” (EL PAÍS, 06/02/2011). Más allá de las excentricidades contenidas en el libro “Himno de batalla de la madre tigre” de Amy Chua, profesora de Derecho en Estados Unidos e hija de inmigrantes chinos, que se pueden ver resumidas en unas rigurosísimas reglas que se encuentran en las antípodas de lo que hoy en día podemos entender que es la educación de los hijos políticamente correcta, el debate abierto pone de manifiesto la pugna entre dos estereotipos de la educación, el autoritarismo o la permisividad. Son estereotipos pero, ¿no tendemos a funcionar en base a ellos en la sociedad de la simplificación? Se trata de buscar la respuesta a la pregunta que se hace el sociólogo Mariano Fernández Enguita, ¿Es necesaria la autoestima para conseguir algo o hace falta conseguirlo para tener autoestima? Él mismo responde "Probablemente sean las dos cosas, una relación circular, pero no cabe duda de que cierto pedagogismo occidental ha llevado las cosas al extremo". En este debate aparece un elemento fundamental, la supeditación acrítica que numerosas administraciones educativas hacen a los resultados de los informes PISA. En el último de ellos los países asiáticos se han puesto a la cabeza. Embarcados en la relación de competencia a uno le gustaría alcanzarles y superarles y, para ello, parece necesario llegar a utilizar sus mismas armas: priorizar los resultados por encima de todo, supeditar otras cuestiones al logro de los objetivos académicos, la vieja historia de la jerarquía en objetivos y materias, la vieja historia de las “marías”.
Es la comunidad autónoma castellano-manchega la única que estableció como competencia básica a adquirir, la emocional. Un paso teórico importante que, sin embargo, no tiene repercusión real en nuestros centros educativos. La educación emocional no pasa de ser, en el mejor de los casos, una maría, y su planteamiento, si lo hay, fuertemente academicista. ¿Estamos ante una competencia secundaria? La respuesta de Enguita, seguramente sería firmada por todos, pero, ¿estamos de verdad ante esa relación circular? Sospecho que PISA y las evaluaciones de diagnóstico no van por ahí y sospecho que todos, administración educativa y profesorado tienen claro por qué optar en el viejo dilema entre lo urgente y lo necesario. Pero, ¿es posible pasar por alto los efectos secundarios del modelo asiático? Como recoge el artículo, del mismo diario, Asia prima la formación de sus escolares, “El éxito del modelo asiático viene acompañado, sin embargo, de una paradoja: la falta de creatividad, imaginación, capacidad de innovación e independencia de pensamiento de los alumnos, y el alto índice de infelicidad, problemas psicológicos e incluso suicidios que sufren, debido a la gran presión a la que están sometidos.”. ¿Crece adecuadamente una sociedad en base únicamente a la consecución de esos objetivos? ¿A qué llamamos desarrollo? Nos movemos entre dos extremos que llevan de igual manera al fracaso, aunque sean diferentes. No puede haber autoestima sin logros, como no puede haber (o no merecen la pena desde el punto de vista social) logros sin autoestima. La sobreprotección, la complacencia, el currículum de la felicidad lleva a la inseguridad y a la frustración. La rigidez, la continua exigencia sin límites, sin matices, lleva a la fractura. La relación circular, el equilibrio entre afecto y exigencia no es la mezcla, sin más, de ambos planteamientos. La adopción de un currículum de la felicidad busca la autoestima sin salir de la dinámica de objetivos academicistas. El equilibrio exige tensión, la pedagogía del amor exige también una pedagogía de la exigencia, de los límites. Esta dinámica nunca esta exenta de conflictos, de dudas y, sobre todo, exige la implicación personal del docente, es ahí, en el estrecho margen de la relación docente – discente donde está en juego la educación emocional, y es ahí en la tensión entre alentar y exigir, entre ceder y poner límites, en el complejo papel del maternaje siempre arriesgando y protegiendo donde padres y profesorado han de desarrollar su papel, sabiendo que es inevitable convivir con la incertidumbre y que los frutos necesitarán ir madurando para poder, algún día, tener la sensación, en parte, del deber cumplido.

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