sábado, 4 de junio de 2016

LOS VIRUS EMOCIONALES




Víctor Moreno, profesor, escritor y crítico literario, especializado en el fomento de las competencias lingüísticas, especialmente de lectura y escritura, afirma en uno de sus libros refiriéndose a la animación lectora que es imposible contagiar el virus que no se padece. Si esto puede ser perfectamente asumible es lo que se refiere a esa lectura y escritura no puede ser de otra manera cuando nos referimos a la educación emocional. Discutir si esta última es o no es una competencia docente, es una discusión estéril en la medida en que la pregunta no debería ser si es o no es sino qué tipo de educación emocional es la que transmitimos ya que, de hecho, en todo momento estamos educando en ello y no podemos ni debemos eludir nuestra responsabilidad sobre la misma. Toda estrategia o procedimiento educativo va acompañado de una conducta que las resalta o anula. Educar ha de ser trabajar las diferentes inteligencias múltiples y entre ellas, con una importancia especial, la inteligencia emocional.
Tener una adecuada inteligencia emocional nos supone tener autoestima, ser personas positivas, tener empatía, reconocer, controlar y expresar nuestros sentimientos tanto los positivos como negativos, ser capaz de superar las dificultades y frustraciones y alcanzar un equilibrio entre la exigencia y la tolerancia a uno mismo y a los demás. Alcanzar el dominio de esta inteligencia no es, sin más, un proceso racional ya que las emociones poseen unos componentes conductuales que es necesario contagiarlos, no sólo que se comprendan; y ese contagio sólo será posible en la medida en que nuestra conducta así lo transmita. Es nuestro comportamiento el que, en buena medida, genera o no autoestima si logramos ese equilibrio entre la exigencia y la tolerancia ante nuestro alumnado, difícilmente transmitiremos empatía si este alumnado no percibe en nosotros que sus sentimientos son comprendidos, que percibimos la particularidad de cada uno de ellos y actuamos en consecuencia a ella, raramente se educa en la capacidad de control y expresión de las emociones si el desconcierto nos sobrepasa, si se percibe fácilmente nuestra irritabilidad, si la ira nos descompone y domina, si transmitimos generalmente unas expectativas negativas, si mostramos un predominio de la inseguridad en nuestro quehacer diario. Las emociones se educan con emociones y la preparación pedagógica de esta educación tiene un muy importante componente personal. Difícilmente tendremos siempre un completo dominio de las capacidades expresadas más arriba. Mejorar profesionalmente, en la docencia, ha de suponer también una mejora personal para este quehacer emocional. Recordemos que la educación en este ámbito es inevitable y, por lo tanto, también lo es el crecimiento personal del docente. Es un reto difícil, duro pero también es una aventura apasionante. Qué persona construimos, con qué ambiente la estamos envolviendo, son las preguntas fundamentales que necesariamente conllevan otras: qué persona soy yo y qué relaciones se han establecido en el equipo de trabajo. La docencia supone situar un espejo en el que quedamos reflejados y en el que analizamos nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles, se trata de un proyecto educativo en el que también tiene cabida nuestro proyecto personal, desde donde partimos, hacia dónde queremos crecer, cuáles son nuestros obstáculos y qué pasos vamos a ir dando. El examen también es nuestro. La autocrítica es necesaria.
La educación emocional ayuda al resto del proceso educativo, se trata de un proceso inacabable, en el que siempre nos quedarán objetivos por conseguir, es también ese permanente quehacer al que nos enfrentamos como personas y del que no podemos escapar. Educo a los otros en la medida en que yo también me educo.



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